Ella estaba a tres husos horarios de distancia, pero esa noche el mundo se redujo a una pantalla y dos dispositivos sincronizados. Abrimos la app al mismo tiempo; su rostro apareció en video, sonriendo con esa picardía que me acelera el pulso. “¿Listo?”, preguntó. Asentí, ya excitado solo por su voz.
Activé el anillo háptico alrededor de mi base; ella insertó su vibrador curvo, el que respondía a mis comandos. Comencé suave: pulsos lentos que la hicieron suspirar. Vi cómo su cuerpo reaccionaba en la cámara —pechos subiendo, caderas moviéndose ligeramente. “Más”, pidió. Aumenté la intensidad, creando patrones: ondas largas, luego rápidas y cortas, imitando embestidas.
Ella tomó el control de mi dispositivo: succiones rítmicas que me hicieron gemir. Nuestras respiraciones se sincronizaron a través de los altavoces. “Mírame”, ordenó. La obedecí, viendo cómo se tocaba el clítoris mientras el juguete se movía dentro de ella al ritmo que yo dictaba. El feedback háptico hacía que sintiera sus contracciones como si estuviera dentro: vibraciones que imitaban sus músculos apretándome.
Creamos un diálogo sin palabras: yo aceleraba cuando ella arqueaba la espalda; ella intensificaba cuando yo jadeaba su nombre. El placer se construyó en paralelo: su clímax llegó primero, un temblor visible que hizo que su vibrador pulsara con fuerza, transmitiendo ondas a mi anillo. Seguí segundos después, liberándome en chorros calientes mientras su voz gemía en eco.
Permanecimos conectados después, hablando, riendo, hasta que el sueño nos venció. La distancia física ya no importaba; la tecnología nos permitía tocarnos de verdad, piel a través de ondas, deseo a través de código.