No sé en qué momento comencé a fantasear con él. Tal vez fue la primera vez que me llamó “Cristina” con esa voz grave, pausada, mientras me explicaba mis derechos. O tal vez fue cuando me rozó la mano al pasarme un contrato y me estremecí como si fuera la primera caricia en años.
Rolando no era solo un abogado. Era una presencia. Un hombre que sabía exactamente cuándo hablar… y cuándo quedarse en silencio mientras me miraba como si pudiera leer mi cuerpo a través del traje.
Una noche, después de una larga jornada revisando documentos en su despacho, me recliné sobre su escritorio. Me desabotoné lentamente la blusa, dejando que cada botón cayese con un silencio que gritaba intenciones. Él alzó la mirada, clavándome con esos ojos oscuros, y se acercó sin decir una palabra.
—¿Estás segura de esto? —murmuró, con los labios a centímetros de los míos.
—Tan segura como de querer dejar atrás todo lo que me hizo infeliz.
No hubo más preguntas. Solo labios que encontraron los míos con hambre contenida. Sus manos recorrieron mi espalda, mi cintura, mi piel que ardía solo con su tacto. Me alzó sobre el escritorio como si fuera liviana, urgente, necesaria.
Los papeles del divorcio se esparcieron por el suelo mientras él me hacía olvidar cada una de mis frustraciones. Su lengua era precisa. Sus dedos, expertos. Me llevó a un clímax lento, profundo, como si cada gemido que escapaba de mi boca firmara una página más de nuestra propia historia secreta.
Durante semanas, no nos vimos en salas de reuniones, sino en hoteles discretos, en su departamento, incluso en la parte trasera de su oficina tras una llamada sugerente. Él sabía exactamente cómo hacerme temblar… y yo cómo hacerle perder el control.
Nunca me cobró un peso. Cuando el caso terminó, me entregó el acta de divorcio con una nota escrita a mano: “Libre, al fin. Aunque yo nunca quise que te fueras”.
Todavía pienso en él, en sus manos, en cómo me devolvió más que la soltería… me devolvió el deseo.