De día, el profesor Marco era un ingeniero estructural exigente, de voz firme y precisión absoluta. Pero de noche, su mundo cambiaba: apagaba las fórmulas y encendía las luces suaves de su estudio, donde la piel hablaba más que las palabras.
Su otra vida era secreta, compartida solo con mujeres que sabían leer entre líneas. Ellas llegaban a su loft por recomendación, sabiendo que sus sesiones no eran ordinarias. No se trataba solo de posar… sino de descubrirse.
Lucía, una alumna, fue una de ellas. Era amante del misterio. Se desnudó lentamente frente a su lente, no por obligación, sino por placer. Cada movimiento suyo era coreografía pura: la curva de su espalda, el brillo húmedo en su labio inferior, el leve roce de sus dedos entre los muslos.
Marco no necesitaba tocar, pero sí dirigir. "Gira un poco más la cadera… deja que la tela caiga… cierra los ojos como si acabaras de tener un orgasmo". Lucía obedecía con una sonrisa maliciosa, y el click de la cámara sellaba cada instante como un suspiro congelado.
Había algo íntimo en cada sesión. No era pornografía, era erotismo desnudo, elegante y provocador. Mujeres reales, cuerpos imperfectos, pero con una energía cruda que Marco sabía capturar como un alquimista del deseo.
Las sesiones terminaban en silencio, con miradas cómplices y a veces… promesas que iban más allá de la fotografía.
Porque para él, cada mujer era un misterio que se dejaba revelar solo con luz tenue, palabras suaves y una lente hambrienta de verdad.