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RELATO EROTICO: Armando cuenta como perdió su virginidad con una mujer madura

RELATO EROTICO: Armando cuenta como perdió su virginidad con una mujer madura

Siempre recordaré aquella tarde de verano en la que me convertí en hombre. Mi nombre es Armando, y en aquel entonces tenía dieciocho años recién cumplidos, una mezcla de ansiedad e inexperiencia pesaba sobre mis hombros. Todo cambió cuando conocí a Laura, una mujer de cuarenta y dos años, segura de sí misma, con una mirada intensa y un cuerpo que despertaba mis más profundos deseos.

Laura era amiga de mi madre y, durante años, la había visto como una mujer elegante y sofisticada, pero nunca imaginé que algún día compartiríamos algo más íntimo. Aquella tarde, mientras ayudaba en su casa a reparar una vieja estantería, el ambiente se tornó distinto. El calor del verano se mezclaba con su perfume embriagador, y el roce ocasional de su piel contra la mía despertaba un hormigueo que nunca antes había sentido.

—Tienes manos firmes, Armando —dijo en un susurro, observándome con una sonrisa que me desarmó.

No supe qué responder. Me limité a devolverle la mirada con una mezcla de nerviosismo y expectación. Fue ella quien dio el primer paso, acercándose lo suficiente para que su aliento cálido rozara mi cuello. Su mano recorrió mi brazo con lentitud, hasta posar sus dedos en mi pecho. Sentí que mi respiración se aceleraba y mi corazón martilleaba en mi pecho.

—Si alguna vez te has preguntado cómo es estar con una mujer que sabe lo que quiere… —susurró antes de besarme, con unos labios suaves y exigentes.

El tiempo se detuvo. Mis manos, temblorosas al principio, encontraron refugio en sus curvas. Me guió con paciencia, con la experiencia de quien conoce cada rincón del placer. Sus caricias encendieron en mí una pasión que hasta entonces había sido solo una fantasía. Me enseñó el arte de la entrega, del deseo sin prisas, de la conexión que va más allá de la simple atracción física.

Esa tarde, entre susurros y pieles entrelazadas, me despojé de mi inexperiencia. Laura no solo fue mi primera vez, sino la mujer que me mostró la dulzura y el fuego del placer compartido. Desde entonces, supe que aquel encuentro marcaría para siempre mi forma de ver la pasión y el amor.

Después de aquella tarde, nuestra relación se volvió secreta pero intensa. Nos encontrábamos en su casa cada vez que era posible, explorando nuevas formas de placer y conexión. Laura me enseñó a entender mi propio cuerpo y el de una mujer, a leer sus señales, a dar y recibir placer sin prisas, sin miedo, solo con la entrega absoluta.

Cada encuentro era un descubrimiento. Su piel contra la mía, el sonido de su voz guiándome con dulzura y deseo, la calidez de su cuerpo enredado en el mío… Todo era un juego de aprendizaje y pasión. Me hacía sentir seguro, deseado, como si el mundo se redujera a nosotros dos en esos momentos de entrega.

Aquel verano terminó, pero la huella de Laura quedó en mí. Nunca olvidaré la forma en que me hizo sentir, la pasión con la que me mostró lo que significa realmente hacer el amor. No fue solo una primera vez, fue un despertar a un mundo de sensaciones y emociones que jamás había experimentado antes. Y aunque con el tiempo nuestros caminos se separaron, siempre llevaré en mi memoria aquel verano en el que, gracias a ella, descubrí el verdadero significado del deseo y la intimidad.

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