La familia siempre decía que éramos como hermanos. Rodrigo y Camila: inseparables desde niños, compartiendo veranos, navidades y secretos. Pero había algo más, algo que creció en silencio con los años… un deseo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Camila no tenía lazos de sangre con Rodrigo. Era la hija del segundo esposo de su tía, pero eso no impedía que el vínculo familiar estuviera ahí. Lo hacía todo aún más peligroso… más excitante.
Todo cambió una noche de tormenta. La luz se había ido, y estaban solos en la casa del lago. El vino fluía, la conversación se volvió más íntima de lo normal, y el silencio que siguió a una mirada demasiado larga lo dijo todo.
Ella se acercó primero, rozando su pierna con la suya. Rodrigo sintió un calor instantáneo recorrerle el cuerpo. Cuando ella le susurró al oído "Dime que no lo has imaginado también", él no respondió con palabras: la besó con la fuerza de todos los años que había fingido indiferencia.
Camila se dejó caer sobre él, sus piernas rodeándolo, sus labios devorándolo como si el tiempo se hubiera agotado. Se desnudaron con ansiedad, como si el deseo los hubiese poseído. Rodrigo besó cada parte de su cuerpo con adoración salvaje, como si quisiera memorizarla con la boca.
Ella jadeaba su nombre mientras él la penetraba lentamente, sintiendo cómo sus cuerpos encajaban de forma tan natural que parecía escrito. La habitación se llenó de sus gemidos, del sonido de piel contra piel, de confesiones entrecortadas entre embestidas cada vez más profundas.
No hubo culpa esa noche, solo fuego. Solo dos almas que se habían contenido demasiado tiempo, estallando finalmente en una explosión de placer y liberación.
Después, recostados desnudos, Camila le dijo: "Quizás no debimos... pero nunca me sentí tan viva como contigo".
Rodrigo solo respondió besándole la frente, sabiendo que esa noche los cambiaría para siempre.