Renata nunca pensó que algo así pasaría. Desde que conocía a Samuel, su mejor amigo, su relación había sido de pura complicidad, bromas y largas charlas nocturnas. Pero aquella noche todo se sintió distinto.
Habían salido a caminar después de unas cervezas en su bar favorito. El parque estaba casi desierto, iluminado solo por la luz tenue de las farolas y la luna llena. El aire era fresco, y el silencio, salvo por el canto de los grillos, les daba una extraña sensación de intimidad.
—Hace frío —dijo ella, abrazándose a sí misma.
Samuel, sin pensarlo mucho, deslizó su brazo por sus hombros, acercándola a su cuerpo. No era la primera vez que tenían contacto físico, pero esta vez se sintió distinto. Más lento, más cargado de algo que ninguno de los dos había querido nombrar antes.
Cuando sus ojos se encontraron, Renata supo que no había vuelta atrás. La chispa de la atracción estaba ahí, ardiendo, esperando un solo paso para incendiarlo todo.
No supo quién besó a quién primero, pero en segundos, sus labios se encontraron con urgencia. El beso fue profundo, lleno de deseo acumulado. Samuel la acorraló suavemente contra un árbol, sus manos recorriendo su cintura con una mezcla de firmeza y delicadeza.
Renata jadeó cuando sintió sus labios en su cuello, su piel erizándose con cada roce. La noche los envolvía, convirtiéndolos en un secreto compartido con las sombras. Su ropa se volvió un estorbo, sus caricias se volvieron audaces, y el deseo se desbordó en el rincón más oscuro del parque.
El césped húmedo y la brisa nocturna fueron testigos de la entrega que hasta esa noche habían reprimido. Cada gemido ahogado, cada movimiento sincronizado, era la confirmación de que aquel vínculo de amistad había cruzado un límite del que jamás podrían volver.
Cuando todo terminó, Renata se recostó sobre su pecho, sintiendo su respiración agitada. Samuel le acarició el cabello, esbozando una sonrisa que ella no pudo evitar devolver.
—Supongo que ahora nuestra amistad es… diferente —murmuró él.
Renata rió suavemente, disfrutando de la calidez de su cuerpo.
—Siempre lo fue —susurró, cerrando los ojos, dejando que la noche guardara su secreto.