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Sofia y Dalia dos hermanas una noche de Trio con desconocido en app de citas

Sofia y Dalia dos hermanas una noche de Trio con desconocido en app de citas

Sofía y Dalia eran dos hermanas que, aunque muy distintas en carácter, compartían un secreto vínculo de complicidad. Sofía, la mayor, siempre había sido la más atrevida, la que guiaba a Dalia por los caminos menos convencionales. Dalia, en cambio, poseía una belleza más discreta, casi inocente, pero con una curiosidad que pocas veces lograba disimular.

Aquella noche de verano, todo comenzó como una broma. Estaban en el salón de su departamento, riendo, con copas de vino y deslizando por una aplicación de citas que Sofía había instalado para “pasar el rato”.

—¿Y si esta noche hacemos algo diferente? —sugirió Sofía con una mirada cómplice.

Dalia la miró con esa mezcla de asombro y nerviosismo que la hacía tan encantadora. Sabía que con su hermana las palabras "algo diferente" podían significar cualquier cosa.

—¿Diferente cómo? —preguntó, con un brillo curioso en los ojos.

Sofía sonrió traviesa mientras mostraba la pantalla de su celular. Un perfil apareció: un hombre atractivo, de mirada intensa y una descripción breve pero directa. “Abierto a experiencias inolvidables. Respetuoso. Discreto.”

—Podríamos… invitarlo —dijo Sofía, como quien lanza un desafío al aire.

Dalia dudó unos segundos, pero el vino, el calor de la noche y esa confianza ciega en su hermana mayor fueron debilitando sus resistencias. Quizás también porque, en lo más profundo, había imaginado alguna vez una noche como esa. Una aventura prohibida, compartida, casi irreal.

El chat con el desconocido fue rápido, directo pero educado. Hablaron de límites, de respeto, de deseos. Sofía manejaba la conversación con soltura, mientras Dalia se limitaba a leer sobre su hombro, sintiendo un cosquilleo recorrerle la piel.

Horas después, cuando el reloj ya bordeaba la medianoche, un golpe suave en la puerta anunció que no había vuelta atrás.

El hombre era aún más atractivo en persona. Su voz, profunda y pausada, llenó el pequeño departamento de una tensión eléctrica. Las miradas se cruzaron, los silencios se alargaron, y el ambiente comenzó a cargarse de un magnetismo casi palpable.

No hubo prisas. La complicidad entre las hermanas era evidente. Se cuidaban, se guiaban la una a la otra. El desconocido supo leer el ritmo, entendió los espacios, las miradas de aprobación, las risas nerviosas que, poco a poco, fueron convirtiéndose en suspiros cargados de deseo.

La noche avanzó entre caricias compartidas, besos robados y susurros temblorosos. Era un juego de confianza absoluta, de entrega sin celos ni inseguridades. Era una experiencia tan intensa como inesperada, un secreto que las uniría aún más.

Cuando la madrugada comenzó a teñir de azul las ventanas, los tres quedaron en silencio, entrelazados, envueltos en una calma difícil de describir. No había palabras suficientes para lo vivido. No hacían falta.

Sofía y Dalia se miraron, sabiendo que lo que habían compartido esa noche quedaría grabado para siempre en un rincón sagrado de sus recuerdos. No solo por el placer físico, sino por la valentía de cruzar juntas un límite que pocas se atreverían a explorar.

Y cuando el desconocido se despidió con un beso en la mejilla de cada una, entendieron que algunas noches no necesitan repetirse para ser eternas.

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