Durante mucho tiempo, la sexualidad ha sido entendida desde la lógica del rendimiento: durar, responder, satisfacer, cumplir. Esta visión ha generado una presión constante que afecta directamente la autoestima sexual.
Cuando la valía personal se asocia al desempeño, cualquier dificultad se vive como un fracaso. Esto puede generar ansiedad, evitación del contacto íntimo o desconexión emocional. La autoestima sexual se vuelve frágil y dependiente de factores externos.
Construir una autoestima sexual más saludable implica cambiar el foco. El valor no está en hacerlo bien, sino en estar presente, en disfrutar y en compartir una experiencia auténtica. La sexualidad deja de ser una prueba y se convierte en un espacio de encuentro.
Este cambio permite una renovación profunda de la vida íntima, ya que reduce la presión y abre la posibilidad de experimentar el placer desde la curiosidad y no desde la exigencia.