El deseo sexual no surge únicamente de estímulos físicos o del contexto de pareja. Está profundamente influido por la percepción que cada persona tiene de sí misma. La autoestima actúa como un filtro a través del cual se experimenta el propio cuerpo, el placer y la posibilidad de desear y ser deseado.
Cuando la autoestima es frágil, el deseo suele verse condicionado por la inseguridad, la comparación y el miedo al rechazo. En estos casos, la intimidad puede vivirse con tensión, autocontrol excesivo o desconexión emocional. No es falta de interés sexual, sino dificultad para habitar el deseo sin juicio.
Por el contrario, una autoestima más estable permite una relación más libre con la sexualidad. El deseo se expresa con mayor espontaneidad porque no está constantemente evaluado. Esto no significa ausencia de inseguridades, sino una mayor capacidad para no dejar que estas dirijan la experiencia íntima.
La renovación del deseo sexual suele comenzar con un trabajo interno de autovaloración. Reconocer el propio valor más allá del cuerpo idealizado o del desempeño permite que el deseo vuelva a fluir de forma más natural y sostenible.