La intimidad no depende solo de la conexión con la otra persona, sino también del vínculo que cada individuo tiene consigo mismo. La autovaloración determina cuánto espacio se ocupa en la relación, cómo se ponen límites y qué se permite sentir y expresar.
Cuando una persona se percibe como insuficiente o poco valiosa, tiende a adaptarse en exceso, a silenciar necesidades o a vivir la intimidad desde la complacencia. Esto genera vínculos desequilibrados donde la conexión se vuelve frágil o insatisfactoria.
En cambio, una autovaloración más sólida facilita una intimidad basada en la reciprocidad. La persona se siente con derecho a disfrutar, a decir no y a expresar deseos sin culpa. Esto fortalece el vínculo, ya que la relación se construye desde la autenticidad.
La renovación de la intimidad suele requerir revisar la manera en que cada uno se valora dentro del vínculo. No se trata de egoísmo, sino de reconocer que una relación sana necesita dos personas que se sientan legítimas en su experiencia.